Ciudad Guatemala

“Era tan agradable que entre tanta basura alguien te hiciera sentir persona”: la improbable historia de amor que surgió en el Helicoide, la cárcel más temida de Venezuela


El tiempo que pasaron en la cárcel fue el peor de sus vidas.

  22 julio, 2019 - 10:40 AM

Y, sin embargo, allí encontraron también lo mejor de sus días, un amor del que esperan que dure para siempre.

Es la paradójica y asombrosa historia de Angelis y Jhosman, Jhosman y Angelis, dos jóvenes venezolanos a los que la vida les cambió el día que el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) los encerró en su centro de detención conocido como el Helicoide, uno de los de peor fama de toda Venezuela.

Ahora, con 29 años ella y 26 él, echan la vista atrás en el salón de su cálido apartamento a una hora escasa de Caracas y recuerdan las difíciles circunstancias en las que nació su relación.

Su memoria de pareja quedará para siempre ligada a el Helicoide, el lugar al que las autoridades chavistas envían habitualmente a los que consideran los presos más peligrosos.

Según las denuncias de presos, familiares, y asociaciones pro derechos humanos, allí son frecuentes los malos tratos, hasta el punto de que se ha convertido en uno de los lugares más temidos del país.

El reciente informe sobre Venezuela emitido por la alta comisionada de las Naciones Unidas para los de Derechos Humanos, Michelle Bachelet, lo incluyó entre los centros de detención en los que se cometen abusos, y afirmó que allí algunos de los guardias presionan a las mujeres presas aprovechándose de su cautiverio para que se presten a mantener relaciones sexuales.

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, negó el contenido del informe de Bachelet y le envió una carta en la que exigía una “inmediata rectificación” de sus “graves errores” y “falsas acusaciones”.

El Ministerio de Comunicación de Venezuela no respondió a una petición de información de BBC Mundo.

¿Cómo acabaron ellos entre sus rejas?

Jhosman Paredes era en 2014 uno de los estudiantes más activos en las protestas que se llevaban a cabo de la Universidad Nacional Experimental del Táchira, en San Cristóbal.

Venezuela vivía una de las olas de manifestaciones en las que la oposición ha exigido la renuncia de Maduro en los últimos años, pero Jhosman se desmarca de aquello.

“Nosotros estábamos protestando desde mucho antes, por todos los problemas que tenía la universidad”, recuerda.

El 18 de septiembre, dice, empezó su calvario.

“Entre seis y ocho personas me metieron a golpes en una camioneta. Dentro de la camioneta me dieron más golpes y choques eléctricos”

Angelis recuerda haber escuchado torturas y hasta una violación en la sede del Sebin.

“Me llevaron a un lugar en el que me colgaron de las manos de una barra de metal. Apenas me alcanzaban los pies al suelo. Allí guindando, me dieron patadas en las costillas“, cuenta.

Sus captores tardaron en identificarse como funcionarios del Sebin. Cuando lo hicieron lo subieron a una avioneta rumbo a Caracas.

“Volé con los ojos vendados y tirado boca abajo en el piso”.

En el aeropuerto militar en el que aterrizó se le presentó a la fiscal que después lo acusaría de conspiración para la rebelión y lo llevaron directo al Helicoide.

“Nunca pudieron probar nada”, dice él.

Ni ella ni los otros funcionarios a los que dijo haber sido golpeado hicieron caso de sus denuncias.

Los primeros treinta días los pasó solo en una celda sin ventanas iluminada por un tubo fluorescente siempre encendido.

“No sabía qué hora del día era y tenía una cucaracha como mascota”, relata.

Después de un mes lo trasladaron a una celda con otros cinco presos y le permitieron empezar a recibir visitas.

Pero pasarían hasta siete meses hasta que pudo salir al patio a caminar y ver la luz del sol.

El mal negocio de Angelis

Jhosman daba sus primeros paseos con otros internos cuando Angelis Quiroz llegaba al Helicoide.

Graduada en leyes, trabajaba en el departamento jurídico de la empresa de venta de automóviles de su padre cuando el gobierno decidió su intervención y acusó a sus directivos de haberse quedado el dinero de los compradores que esperaban vehículos importados que ya habían pagado.

Su padre dio una rueda de prensa defendiendo su inocencia y a ella, también acusada, la mandó a Colombia, donde se pasó casi un año.

“Estaba indocumentada y sola, y en Venezuela me reclamaban por legitimación de capitales, estafa y asociación para delinquir. Sabía que no había hecho nada malo y sentía que me habían arruinado la vida, así que decidí entregarme”, rememora.

Angelis recuerda haber escuchado torturas y hasta una violación en la sede del Sebin.

Cuando llegó al Helicoide, los agentes del Sebin no se lo creían, pero pronto le encontraron hueco en una celda repleta de mujeres.

“Al principio éramos doce y la convivencia era difícil; luego llegamos a ser 35“.

“El hacinamiento era tal que había que esperar horas para ducharnos y a veces los funcionarios no nos dejaban usar el baño, así que tocaba hacer las necesidades en botellas de plástico o papeles de periódico”.

Recuerda una rutina de peleas entre reclusas y falta de espacio e intimidad.

También experiencias escalofriantes cuyo recuerdo, dice, aún la angustia. “Escuchábamos cómo golpeaban a los presos en la madrugada; una noche incluso oímos cómo violaban a una muchacha”.

Privada de libertad, cayó en depresión e intentó suicidarse dos veces. Además, su salud comenzó a deteriorarse.

Angelis muestra uno de los dibujos con los que mataba el tiempo en la cárcel.

Las cartas del coronel

Pero entonces una imagen inesperada llamó la atención de Angelis.

Un muchacho con el pecho tatuado empezó a pasar a diario junto a la celda de las mujeres.

Era Jhosman, que con tal de respirar algo de aire puro se ofrecía como voluntario para sacar la basura de la celda que compartía con otros hombres.

En su trayecto, cuando los guardias no se lo impedían, se asomaba a la reja de la celda de las mujeres y entregaba una carta allí.

Era el recado que le pedía cada vez el coronel José Gámez, militar compañero suyo en la celda, que buscaba así la manera de comunicarse con su esposa, recluida junto a Angelis.

Gámez sigue hoy en otro centro penitenciario pendiente de juicio por “terrorismo y asociación para delinquir”, y recientemente la diputada opositora Adriana Pichardo ha denunciado que presenta “un grave cuadro de salud” ante la negativa de las autoridades a facilitarle la atención médica adecuada.

https://twitter.com/apichardob/status/1151610640336920578?s=20

Angelis y Jhosman nunca lo olvidarán ni a él ni a su esposa.

“Ambos conspiraron para que Jhosman me escribiera también a mí”, recuerda Angelis.

Tampoco olvidará lo que decía el primer mensaje de quien hoy es su esposo: “Si tiemblas ante la injusticia, entonces eres mi amiga”.

“Un rayo de luz”

Iniciada esa relación epistolar, en enero de 2016 sucedió algo que los acercaría aún más.

“El coronel sufrió un infarto y nadie venía a ayudarle. Yo lo veía sufriendo y, desesperado, solo se me ocurrió empezar a arrancar las cámaras de seguridad para llamar la atención”.

Entonces, dice, sí llegaron los funcionarios, que se llevaron al coronel a que lo viera un médico y a él lo encerraron como represalia en una celda de presos comunes.

El castigo, no obstante, le acercó a la zona de el Helicoide en la que estaba Angelis y ambos empezaron a recibir visitas en el mismo sitio y a la misma hora, lo que les daba una oportunidad inesperada para compartir como nunca antes.

Así se conocieron más y se conocieron más las familias de ambos.

Como todo en la cárcel, tampoco la vida de pareja resultaba fácil.

“Había un huequito para los encuentros conyugales, pero los presos teníamos que pagarle al funcionario para que nos dejara usarlo. Nunca teníamos tiempo más que para algo rapidito; a los 15 minutos ya nos estaban llamando”, afirma entre risas Jhosman.

“Para mí aquello fue como un rayo de luz. Era tan agradable que entre tanta basura alguien te hiciera sentir persona“, dice Angelis.

En abril de 2016, en la sala de visitas del Helicoide, Jhosman le pidió que se casara con él.

Muchos en su círculo cuestionaron ese paso. A él le decían que podría encontrar otras mujeres cuando saliera. A ella, que él la dejaría cuando fuera libre.

Pero ambos estaban convencidos.

“Supe que había encontrado algo bueno y quise asegurarlo”, dice Jhosman.

“En la cárcel estás emocionalmente desnudo; si alguien te acepta allí, es que te acepta tal y cómo eres”, afirma Angelis.

El matrimonio conserva en una caja las cartas que intercambiaron en prisión.

La hora de la libertad

El 23 de diciembre de 2017 ocurrió algo inesperado.

En el marco de las negociaciones con la oposición en República Dominicana, finalmente infructuosas, el gobierno anunció la liberación de un grupo de presos “señalados como responsables de hechos de violencia con fines políticos”.

Jhosman era uno de ellos y recibió orden de prepararse para salir. Junto a otros, fue llevado a presencia de Delcy Rodríguez —hoy vicepresidenta, entonces canciller—, una de las figuras políticas más poderosas de la Venezuela chavista, a la que Maduro había colocado al frente de la “Comisión de la Verdad”, creada con el fin declarado de aclarar los “delitos cometidos por la oposición” y “restablecer la tranquilidad pública”.

Aquello se televisó por la cadena estatal y todo el país pudo ver cómo Jhosman y los otros presos escuchaban impasibles las palabras de la dirigente

“Fue un show político”, dice Jhosman, que aún no había recuperado la libertad del todo cuando ya estaba pensando en la de Angelis.

Pedí hablar en privado con Delcy Rodríguez y le hablé de Angelis;le pedí que también la liberaran a ella“.

Rodríguez ordenó a un asistente tomar nota de la petición de Jhosman. “Me dijeron que estudiarían su caso”.

n cuanto supo que iba a ser liberado, Joshman empezó a pedirle a las autoridades que liberaran a su pareja. Se lo dijo incluso personalmente a la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, entonces canciller.

Jhosman se pasó los meses siguientes llamando y acudiendo a la “Comisión de la Verdad”, entregando documentos e informes que apoyaran la petición de libertad de Angelis.

Para entonces, los problemas de ovarios que sufre la habían debilitado aún más.

El 1 de junio de 2018, por fin, también ella fue liberada. “No me lo creí hasta que lo vi a él allá afuera. Sé que salí por todo lo que él empujó”.

En octubre ya se habían casado.

Ahora viven felices, pese a que tienen que presentarse periódicamente ante las autoridades, no pueden salir del área metropolitana de Caracas sin notificarlo y no pueden hacer declaraciones de tipo político.

Aunque mantienen el contacto con alguna de la gente que conocieron en el Helicoide, quieren mirar hacia el futuro. “Algunos se han quedado atrapados en el asunto de la política y nosotros queremos cosas positivas, no quedarnos en eso”, dice Angelis.

Ella está ahora volcada en sus proyectos de fotografía, una vocación nueva que le apasiona y le ayuda a curar las heridas que aún tiene por cerrar.

“Se que aún no he superado todo aquello”, admite.

Él se centra en una prometedora carrera como cocinero en la que dice que le va mejor de lo que esperaba.

¿Qué será lo próximo?

“Vamos a tener un perro. Si nos va bien iremos por los niños”.

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